Sociedad | La otra cara de la crisis

Récord de suicidios

La crisis social que atraviesa la Argentina está dejando huellas profundas en la subjetividad colectiva y en la salud mental de amplios sectores de la población, con un impacto especialmente marcado entre jóvenes y adolescentes. Los intentos de autolesión en la Ciudad de Buenos Aires aumentaron un 44% según datos del Ministerio de Salud porteño. Este aumento se inscribe en un escenario nacional donde el suicidio se convirtió en la principal forma de muerte violenta. Buenos Aires, 15 de setiembre de 2026. Las estadísticas, los testimonios de especialistas y la experiencia cotidiana en los servicios de salud mental coinciden en señalar que el sufrimiento psicosocial ya no puede ser leído como una suma de casos individuales, sino como la expresión de una crisis estructural que atraviesa la vida cotidiana, las instituciones y las formas de socialización.

En la Ciudad, los equipos de salud advierten desde hace meses un incremento sostenido de consultas y alertas por conductas autolesivas, ingesta de psicofármacos y episodios de crisis entre niños, niñas y adolescentes. La preocupación se amplifica porque el fenómeno se da en paralelo a un deterioro de las condiciones de vida que afecta a las familias, tensiona los vínculos y reduce la capacidad de contención en los hogares. En este contexto, las líneas de asistencia telefónica y los servicios de atención 24 horas se transformaron en recursos indispensables para intervenir en situaciones de riesgo.

A nivel nacional, el panorama es aún más alarmante. En 2025 se registraron 5.209 suicidios, un récord histórico que representa un aumento del 22,6% respecto del año anterior. La tasa de 11,8 cada 100.000 habitantes supera el promedio mundial y confirma una tendencia ascendente que se aceleró tras la pandemia. Para Alicia Stolkiner, referente en salud mental comunitaria, la explicación no puede limitarse a factores individuales: la pandemia actuó como un trauma colectivo que desorganizó la vida social y profundizó desigualdades que ya venían en aumento. La ruptura de los lazos comunitarios, la pérdida de espacios de encuentro y la fragilización de las redes de apoyo generaron condiciones propicias para el incremento del sufrimiento psíquico, especialmente en los sectores más vulnerables.

Laura Poverene, especialista en problemáticas sociales infantojuveniles, coincide en que la emergencia sanitaria funcionó como un catalizador. La suspensión de las rutinas escolares, laborales y recreativas alteró los modos de vinculación y dejó secuelas que persisten incluso después de la reapertura. La soledad, el desamparo y la dificultad para proyectarse en un futuro se volvieron experiencias extendidas, sobre todo en un contexto donde la urgencia económica domina la vida cotidiana. Cuando la supervivencia se convierte en el eje de la existencia, sostiene Poverene, se erosiona la disponibilidad afectiva para alojar el malestar propio y el de los demás, y se debilitan los soportes subjetivos que permiten tramitar la angustia.

La dimensión económica aparece cada vez más como un factor determinante. El Relevamiento del Estado Psicológico de la Población Argentina, realizado por la UBA, muestra que el 35,7% de los participantes considera que atraviesa una crisis, y más de la mitad vincula su malestar a la situación económica. El desempleo, la incertidumbre, la caída de ingresos y el endeudamiento emergen como causas recurrentes de ansiedad y depresión. Cristian Garay, uno de los autores del informe, advierte que la crisis económica no solo genera estrés, sino que también limita el acceso a los sistemas de salud, profundizando las desigualdades en el cuidado. Los jóvenes de 18 a 29 años, además de ser el grupo con mayor riesgo suicida, son quienes exhiben mayores niveles de sintomatología ansiosa y depresiva.

En los hospitales del conurbano bonaerense, los equipos de salud mental observan que la precariedad económica es una constante desde hace años, pero que el impacto más abrupto se da en la clase media urbana, donde muchas personas vieron desmoronarse proyectos de vida que habían construido durante décadas. La pérdida de empleos formales, la imposibilidad de sostener alquileres y el retorno a hogares familiares en la adultez generan crisis subjetivas profundas. A ello se suma un fenómeno que crece en los consultorios: el endeudamiento como fuente de angustia extrema. Casos de personas amenazadas por prestamistas o por redes delictivas ya derivaron en internaciones y urgencias, mostrando cómo la economía se entrelaza con la salud mental de manera directa y muchas veces violenta.

Las diferencias por género también son significativas. En 2025, el 78,6% de las víctimas de suicidio fueron varones, con una mayor concentración entre los 18 y 34 años. Las mujeres realizan más intentos, pero los varones consuman más debido al uso de métodos más letales. Para Garay, este dato se vincula con mandatos culturales que dificultan la expresión del sufrimiento, desalientan la búsqueda de ayuda y refuerzan modelos de masculinidad asociados a la autosuficiencia y la resolución individual de los problemas. 

La crisis social argentina se manifiesta así en múltiples planos: en la vida cotidiana, en las instituciones, en los vínculos y en la subjetividad. El aumento del sufrimiento psicosocial no es un fenómeno aislado, sino el síntoma de un país donde la desigualdad, la incertidumbre y la pérdida de horizontes compartidos se volvieron experiencias comunes. Los especialistas coinciden en que la respuesta debe ser integral, con políticas públicas sostenidas, dispositivos comunitarios fortalecidos y estrategias que reconozcan que la salud mental no es un asunto individual, sino un reflejo de las condiciones de vida de toda una sociedad.

                                Lic. Gerardo Codina


Compartir nota en las redes sociales Enviar Imprimir

Dejanos tu comentario