Porteñas | Adicción al celular

Más de seis horas por día

La primera medición oficial sobre el uso del celular entre estudiantes secundarios porteños reveló que los adolescentes de la Ciudad de Buenos Aires pasan, en promedio, más de seis horas por día frente a la pantalla y que el 40% presenta al menos un signo de alerta vinculado con su salud mental, en un escenario donde el uso problemático del smartphone, la ansiedad, la depresión y la somnolencia diurna aparecen como fenómenos crecientes que preocupan a las familias, a las escuelas y a las autoridades educativas. El estudio, elaborado por el Ministerio de Educación porteño y el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), aporta por primera vez datos precisos sobre el tiempo de exposición y su impacto en el bienestar socioemocional de los adolescentes, y se inscribe en un contexto global donde Argentina figura entre los países con mayor uso diario de pantallas. Buenos Aires, 8 de setiembre de 2026. La investigación, que alcanzó a 3.261 estudiantes de 1º y 4º año de escuelas públicas y privadas, determinó que los adolescentes porteños pasan en promedio 6 horas y 10 minutos por día frente al celular, lo que equivale a 92 días completos al año dedicados exclusivamente a mirar o interactuar con la pantalla. El uso crece con la edad: los alumnos de 4º año pasan 51 minutos más por día que los de 1º, una diferencia que refleja la consolidación de hábitos digitales que comienzan mucho antes de la escuela secundaria. Según el estudio Kids Online de Unicef, los chicos en Argentina acceden a su primer smartphone a los 9,6 años, lo que implica que al llegar al secundario ya acumulan varios años de uso intensivo. TikTok aparece como la aplicación a la que más tiempo le dedican, en línea con tendencias globales que muestran un fuerte crecimiento del consumo de contenidos breves y altamente estimulantes.

Los resultados ubican a los adolescentes porteños por encima del promedio mundial de tiempo de pantalla. En Inglaterra, los jóvenes pasan alrededor de cuatro horas diarias frente al celular; en Estados Unidos, cinco. Argentina, en cambio, se posiciona en el quinto lugar a nivel global en uso de dispositivos móviles entre personas de 16 a 64 años, con un promedio nacional de 8 horas y 41 minutos por día. La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, sostuvo que “los teléfonos han hackeado la atención de los estudiantesâ€, y explicó que la medición surgió como respuesta a inquietudes de las familias, que reportaron comportamientos similares a un “síndrome de abstinencia†cuando los chicos salen de la escuela, especialmente desde que en 2024 se implementó la restricción del uso del celular en el aula, convertida este año en prohibición.

El estudio también revela diferencias según nivel socioeconómico y género. Los estudiantes del quintil más bajo de ingresos pasan alrededor de una hora y media más por día frente al celular que los del quintil más alto, una brecha que podría vincularse con el acceso desigual a actividades extracurriculares, espacios recreativos y dispositivos alternativos. Las mujeres, en promedio, pasan 30 minutos más por día con el teléfono que los varones y presentan tasas más altas de ansiedad y depresión. La medición detectó casos extremos: algunos adolescentes pasan hasta 11 horas diarias frente a la pantalla, un nivel de exposición que se asocia con mayores riesgos para la salud mental y el rendimiento académico.

El monitoreo no solo midió el tiempo de uso, sino también su impacto. El 38,1% de los estudiantes presentó signos de alerta vinculados a depresión; el 37,2%, somnolencia diurna; el 31,2%, ansiedad; y el 24,9%, uso problemático del smartphone. Los adolescentes con indicadores de depresión pasan, en promedio, 49 minutos más por día frente al celular que quienes no presentan esas señales; los que manifiestan un uso problemático del dispositivo —como querer usarlo menos y no poder hacerlo— pasan 46 minutos más. La investigación concluye que “los usos problemáticos del smartphone presentan las asociaciones más consistentes con un peor estado de salud mental, mientras que el tiempo total de pantalla no muestra este efectoâ€, y señala que la mayor correlación se observa entre uso problemático y depresión.

Ese “uso problemático†incluye dificultades para desconectarse, dependencia psicológica del dispositivo, utilización del celular para regular emociones, conflictos interpersonales asociados al uso y posibles impactos en el rendimiento escolar. No se registraron diferencias significativas entre escuelas públicas y privadas en los indicadores de ansiedad, pero sí entre mujeres y varones, y entre estudiantes de 4º año respecto de los de 1º, lo que sugiere que la edad y el género son variables determinantes en la relación entre tecnología y bienestar emocional.

Frente a este escenario, el Ministerio de Educación porteño sostiene que es necesario ofrecer alternativas que compitan con la pantalla. Mercedes Miguel planteó una “tríada†de actividades —arte, deporte y contacto con la naturaleza— como estrategia para reducir el tiempo frente al celular y fortalecer el bienestar integral. Según datos oficiales, unos 10.000 adolescentes participan de clubes de jóvenes, coros y orquestas que funcionan los fines de semana en escuelas públicas, lo que representa apenas el 10,7% del total de estudiantes. La cartera educativa también relevó que siete de cada diez docentes observaron una mejora en la atención en el aula desde que se implementó la restricción del uso del celular.

La investigación aporta un diagnóstico que combina hábitos digitales, salud mental y dinámicas familiares. Muchas familias reconocen dificultades para poner límites al uso del teléfono, en parte porque los adultos también exhiben patrones de uso intensivo. Los adolescentes, por su parte, reportaron que la forma en que usan la tecnología —y especialmente si ese uso les resulta problemático— es el factor que más incide en su bienestar emocional. En un contexto donde el celular ocupa un cuarto de su vida diaria, la Ciudad enfrenta el desafío de diseñar políticas que acompañen a los jóvenes en la construcción de hábitos saludables y en la gestión de un vínculo con la tecnología que, cada vez más, define su experiencia cotidiana.


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