Porteñas | Un rasgo único

La ciudad de las cúpulas

En Buenos Aires, las cúpulas son mucho más que un ornamento arquitectónico. Constituyen un patrimonio cultural que, al elevarse sobre las calles, narran silenciosamente la historia de una ciudad que entre fines del siglo XIX y principios del XX vivió un auge edilicio sin precedentes. En ese período, las esquinas porteñas se coronaban con cúpulas como símbolo del progreso de la burguesía argentina, que buscaba demostrar poder y prestigio a través de la arquitectura.
Buenos Aires, 20 de enero de 2026. Estas cúpulas que proliferaron no respondían a un estilo único: se mezclaban influencias árabes, españolas y rusas con el art nouveau europeo, dando lugar a una amalgama de formas que aún hoy sorprenden a quienes alzan la vista.

Las más conocidas se concentran en Avenida de Mayo, el Microcentro y las zonas de Congreso y Tribunales. Barrios como Balvanera y San Cristóbal también guardan tesoros arquitectónicos que merecen ser destacados. Allí, las cúpulas se integran al paisaje urbano y se convierten en hitos que dialogan con la historia y la identidad de la ciudad.

En Balvanera, uno de los ejemplos más llamativos es la célebre cúpula vidriada de la esquina de Rivadavia y Ayacucho, restaurada en 1999. Su diseño, inspirado en Antonio Gaudí, presenta tres niveles, un cupulín con forma de cebolla y una veleta de hierro que la convierte en un ícono del barrio. En su último nivel se instaló un telescopio, reforzando la idea de que las cúpulas no solo eran ornamentales, sino también espacios de contemplación y curiosidad científica. 

Muy cerca, en la zona de Once, se alza la llamada Torre Saint, un edificio de 1925 que sorprende con sus cúpulas verdes y símbolos egipcios. Mandada a construir por Emilio Saint, dueño de la firma de chocolates Águila, y diseñada por el arquitecto francés Robert Tiphaine, esta obra mezcla jeroglíficos, columnas y un estilo art déco que evoca incluso al Waldorf Astoria de Nueva York. Sus dos cúpulas gemelas de cobre alcanzan los 70 metros de altura y se han convertido en una rareza arquitectónica que detiene la mirada de los transeúntes.

Otro hito es la cúpula de la Basílica de Santa Rosa de Lima, sobre avenida Belgrano. Es conocida por ser la segunda más alta de la ciudad y tener un estilo que recuerda a la Basílica del Sacré-Cœur de París. La basílica fue diseñada por el arquitecto noruego Alejandro Christophersen y su construcción finalizó en 1934. La estructura consta de tres niveles principales: la cripta, el templo y la cúpula, notable por su estilo que mezcla elementos neorrománicos y neobizantinos. 

San Cristóbal, por su parte, se distingue por la presencia de la Iglesia de San Cristóbal, cuya cúpula restaurada se erige como un hito local. Este templo, ubicado en el corazón del barrio, refleja la importancia que las cúpulas tuvieron no solo en edificios de renta o palacios, sino también en la arquitectura religiosa, donde se buscaba transmitir majestuosidad y espiritualidad. La iglesia se integra al paisaje urbano como un recordatorio de la tradición y la fe, y su cúpula se ha convertido en un punto de referencia para vecinos y visitantes.

El límite de nuestros barrios se enriquece con la cercanía de otras cúpulas emblemáticas. Por caso, la del Congreso de la Nación, una monumental cúpula verde de 80 metros de altura, que domina el horizonte y se convierte en símbolo de autoridad y poder institucional. El Palacio Barolo, obra del arquitecto Mario Palanti, es otro ícono cercano: su cúpula sostiene un faro que en 2010 fue restaurado para participar de las celebraciones del Bicentenario. La ambición de su diseño, inspirado en la Divina Comedia de Dante Alighieri, lo convirtió en un edificio que en 1923 generaba asombro y hasta temor entre los porteños. También en la Avenida de Mayo, las cúpulas gemelas del edificio La Inmobiliaria y las del diario La Prensa, coronada por la diosa Palas Atenea, completan un paisaje urbano que se proyecta hacia Balvanera y San Cristóbal.

El valor de estas estructuras no se limita a lo estético. Representan un testimonio del poder económico y cultural de la época, cuando los propietarios competían por contratar al mejor arquitecto, importar materiales de Europa y levantar cúpulas cada vez más altas y sofisticadas. Muchas de ellas coronaban edificios de renta, destinados a departamentos de alquiler, lo que demuestra que no eran privilegio exclusivo de palacios o instituciones, sino parte de una estrategia para revalorizar propiedades y marcar presencia en la ciudad.

Hoy se estima que Buenos Aires cuenta con alrededor de 400 cúpulas, lo que la convierte en una de las ciudades con mayor densidad de estas estructuras en el mundo. Su diversidad de estilos y funciones, desde las ornamentales hasta las habitables, consolidan a la capital argentina como un referente arquitectónico comparable a ciudades europeas como Roma, Estambul o San Petersburgo, aunque con la particularidad de integrar las cúpulas en su tejido urbano cotidiano. La Ley de Patrimonio busca protegerlas, aunque la presión del desarrollo urbano y comercial plantea desafíos para su conservación.

Balvanera y San Cristóbal, con sus cúpulas singulares, son parte esencial de este patrimonio. La Torre Saint con sus símbolos egipcios, la cúpula gaudiniana de Rivadavia y Ayacucho, y la iglesia de San Cristóbal son ejemplos de cómo estos barrios, más allá de su carácter popular y su dinamismo comercial, guardan joyas arquitectónicas que merecen ser reconocidas. Al recorrer sus calles, basta con detenerse y mirar hacia arriba para descubrir un cielo salpicado de cúpulas que narran historias de ambición, fe y creatividad, y que siguen siendo guardianas de la identidad cultural de Buenos Aires.

Norberto Alonso


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