Porteñas | Teatro independiente

Vuelve a escena

La emoción multiplicada entre quienes hacen teatro y quienes lo van a ver, alcanza niveles impensados en el retorno a la actividad. ¿Cómo está volviendo el teatro independiente en la ciudad de Buenos Aires? ¿Qué dificultades y posibilidades encuentra esta actividad que distingue a Buenos Aires, tanto, que ha sido declarada patrimonio cultural de la Ciudad? Por Karina Micheletto, para la Cooperativa de Editores EBC
Buenos Aires, 7 de setiembre de 2021.  “El público nos sorprende, no imaginábamos que se iba a generar tanta emoción. Lo mismo entre los hacedores. Es fuerte, la mayoría estamos desde febrero o marzo del año pasado sin volver a trabajar”, observa Sergio Rower, director y fundador de la cooperativa Libertablas, integrante de Geti (Grupos Estables de Teatro Independiente), presidente de Unima Argentina (Unión Mundial de Marionetistas). Relata su experiencia personal, el reciente regreso con Acerca de Discépolo, del grupo Libertablas, en El Astrolabio. “Los nervios también son muchos, ¡mucho peor que un estreno! Pasan cosas muy delirantes. Por ejemplo, tomás noción de que se fue un montón de gente querida con esa pandemia. A mí volver a trabajar me puso en contacto con los que no están. En este aquelarre de emociones andamos”, describe. 

Cuestión de tamaño

Si bien en la Ciudad el aforo permitido pasó del 30 al 50, y ahora al 70 por ciento de la capacidad de la sala, la limitación de las distancias (de un metro y medio, recientemente reducida a un metro) también reduce la cantidad de público posible, sobre todo en las salas más chicas. Así, actualmente hay funciones en salas para 12 personas como máximo, y un promedio de unos 35 espectadores “a sala llena”. 

Según un relevamiento de la Asociación Argentina de Teatro Independiente (Artei), apenas un 25 por ciento de las salas llegó a hacer algunas pocas funciones en los meses de apertura del año pasado, antes de la segunda ola de Covid. Un 30 por ciento de las salas pudieron abrir además para ensayos, un 27 por ciento para clases presenciales. Casi el 60 por ciento no abrió para ninguna actividad. 

Se calcula que hay unas 250 salas en toda CABA, todos proyectos autogestivos a los que la pandemia los afectó sustancialmente. Contra lo que podía suponerse, solo unas pocas terminaron cerrando. “Aun así, es muy triste. Un teatro que cierra significa años, a veces décadas, de inversión pública y privada que se pierde. Hemos pasado muchas crisis, los tarifazos del gobierno anterior, las inflaciones, y salimos, siempre”, repasa Gonzalo Pérez, secretario general de Artei y uno de los gestores de Espacio Tole Tole teatro, en el barrio de Once.  

Los teatreros consultados reconocen los apoyos del Instituto Nacional de Teatro, de Proteatro y de Cultura de Nación, que permitieron “sostener la estructura”, “los gastos mínimos”, adaptar las salas para cumplir los protocolos. Desde la Ciudad de Buenos Aires, en cambio, no se verificaron apoyos sustanciales en la emergencia.

Volver, ¿pero cómo? 

Como en muchos otros aspectos, también en el teatro independiente, la pandemia vino a transparentar, o a poner la lupa, sobre una situación inviable previamente. “Claramente se va consolidando la imposibilidad de vivir como actor o actriz independiente”, dice con crudeza Rower. “La pandemia consolidó una dificultad que antes teníamos tal vez tapada por la emoción de hacer lo que amamos, teatro. Mostró, primero, lo que nos cuestan los ensayos, la producción, la sala, los alquileres. Más allá de que el gobierno nacional dio una enorme cantidad de ayuda, por el Instituto del Teatro y el Ministerio de Cultura, son eso, ayudas. No alcanzan a solventar una crisis de este volumen”, evalúa. 

La parte positiva, para Rower, está en la comprobación de aquel apotegma de que “la unión hace la fuerza”. “Armamos una nueva institución, Traes, Trama Escénica. Por primera vez estamos todos juntos: actores, actrices, directores, titiriteros, técniques, gente de plaza, bailarinas. Hemos aprendido a escucharnos y a no pensar que los dueños de salas independientes son millonarios y los actores son pobres”, reflexiona. 

“Más allá de que necesitamos de un Estado presente, depende de nosotros encontrar un ariete para continuar. Sabemos que, adonde estábamos, ya no volvemos más. Y a lo nuevo lo tenemos que redimensionar: ¿Podrán seguir existiendo cuatro salas en una manzana de Palermo? ¿Los actores vamos a seguir ensayando cuatro meses para que vean esa obra 60 personas? Lo digo con total crudeza y con la seguridad que el teatro no va a desaparecer nunca, eso no está en crisis. Pero sí está en crisis la posibilidad de vivir de nuestro trabajo”, advierte. 

El entusiasmo 

Francisco Lumerman es actor, director, dramaturgo, docente y gestor de Moscú Teatro, junto a Lisandro Penelas y Laura Fisher. Cuenta que la sala de Villa Crespo tiene la ventaja, dado el contexto, de ser grande y tener ventilación natural, es decir que no tuvieron que hacer grandes inversiones para incorporar el protocolo. Desde la primera semana de agosto tienen cinco espectáculos en cartel, y actualmente entran hasta 52 personas, dado que la habilitación del lugar es para más de 100.

“Lo que nos sorprendió para bien es que la gente volvió, ¡y con qué entusiasmo! Temíamos que fuera difícil la vuelta, en el verano había costado, esta vez la vacunación hizo un efecto positivo ante el público que quizás antes no se acercaba por temor. Se volvió a comprobar que es una actividad que puede convivir con esta pandemia de mierda. Fue re emocionante poder encontrarse, y ver la avidez del público por volver a ocupar estos espacios”, opina. 


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