Comunales | Murales de Berni

La restauración que no llega

La historia de los dos murales que Antonio Berni pintó en 1935 en un edificio de General Urquiza 41, en Balvanera, es también la historia de una desidia estatal que se extiende por décadas y que mantiene en riesgo un patrimonio cultural de enorme valor para la Ciudad de Buenos Aires. Tapados con yeso en 1976, redescubiertos recién en 2001 y prometidos para su restauración en 2017, los frescos siguen hoy en el mismo estado de deterioro, sin intervención oficial y dependiendo exclusivamente de la insistencia de los vecinos. Que obras de uno de los artistas más significativos del arte argentino permanezcan ocultas, dañadas y sin protección efectiva revela una falla estructural en las políticas públicas de preservación, y expone cómo el patrimonio cultural puede perderse aun cuando su importancia es indiscutible. Buenos Aires, 6 de octubre de 2026. Los murales, titulados Alegoría de la ciudad moderna 1 y Alegoría de la ciudad moderna 2, fueron pintados por Berni en el hall del edificio cuando recién se instalaba en Buenos Aires. Son frescos de tres metros por tres metros, concebidos en un momento clave de su trayectoria, cuando el artista comenzaba a explorar las tensiones entre modernidad, vida urbana y transformación social. Que estas obras hayan permanecido ocultas durante veinticinco años no fue producto del azar: la reforma de 1976 los cubrió con yeso sin registro ni criterio patrimonial, un gesto que sintetiza la fragilidad con la que se trató históricamente el arte mural en propiedades privadas. Cuando los vecinos los redescubrieron en 2001, el hall del edificio se convirtió en un pequeño museo involuntario, donde convivían la vida cotidiana y dos piezas de valor excepcional.

En 2017, la gerenta operativa de Patrimonio del Gobierno porteño, María de las Nieves Arias Incollá, anunció que el mural Alegoría de la ciudad moderna 1 sería incorporado al catálogo de protección cultural, ya que había quedado fuera de la ley 1227. También se prometió la restauración de ambos frescos y el lanzamiento de un programa de recuperación de murales financiado por el Fondo Metropolitano y el régimen de mecenazgo. La funcionaria destacó que las dos piezas forman “una integralidad como obra artística” y que su recuperación debía ser conjunta. Sin embargo, nada de eso ocurrió. No hubo restauración, no hubo financiamiento, no hubo intervención técnica. El expediente quedó congelado y los murales siguieron deteriorándose en silencio.

La reciente nota de La Nación, publicada hace seis días, reactivó el tema gracias a la iniciativa de dos vecinos del edificio que decidieron retomar el reclamo. El artículo confirma que los frescos están todavía técnicamente recuperables, que el Gobierno porteño reconoce su valor y que el principal obstáculo sigue siendo la articulación con el consorcio, un problema recurrente en casos de patrimonio dentro de propiedad privada. También señala que el edificio continúa con dificultades de organización interna, lo que complica cualquier obra. Pero lo más relevante es lo que no dice: no hay ninguna actuación oficial posterior a 2017. Patrimonio no emitió informes nuevos, no envió inspectores, no abrió un expediente, no convocó restauradores. La restauración sigue sin fecha y sin plan.

La falta de acción estatal contrasta con la importancia de Berni en la historia del arte argentino. Su obra, atravesada por el compromiso social, la experimentación técnica y la mirada crítica sobre la realidad, es una de las más influyentes del siglo XX. Desde sus primeros murales hasta las series de Juanito Laguna y Ramona Montiel, Berni construyó un lenguaje propio que dialogó con las vanguardias internacionales sin perder anclaje local. Que dos frescos suyos permanezcan ocultos en un edificio de Balvanera no es solo una pérdida para el barrio: es una pérdida para el país. Cada año sin restauración es un año en que el deterioro avanza sobre una pieza irrepetible de nuestra memoria cultural.

La posible residencia de Berni en el edificio, aunque no confirmada documentalmente, agrega una capa de sentido. Las fuentes periodísticas y los testimonios de vecinos sostienen que el artista vivió o trabajó allí en los años treinta, cuando recién llegaba a Buenos Aires desde Rosario. No hay registros oficiales que lo certifiquen —ni en catálogos razonados, ni en archivos museísticos, ni en biografías académicas—, pero la verosimilitud del dato se sostiene en la práctica habitual del artista, que solía trabajar en espacios domésticos y talleres improvisados. Si Berni efectivamente vivió o tuvo su atelier en Urquiza 41, los murales no serían solo obras en un hall: serían parte de su vida cotidiana, de su proceso creativo, de su llegada a la ciudad.

Hoy, el caso se encuentra en un estado de latencia administrativa. La Dirección General de Patrimonio, Museos y Casco Histórico no emitió ninguna comunicación reciente. La Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural no trató el tema. La Legislatura porteña no reactivó el expediente. Mecenazgo no abrió líneas específicas. La Comuna 3 no informó gestiones. La restauración depende, otra vez, de la voluntad de los vecinos y de la presión mediática. Mientras tanto, los murales siguen allí, en el mismo hall donde Berni los pintó hace casi un siglo, esperando que la Ciudad de Buenos Aires decida si su patrimonio cultural merece ser protegido de verdad.

La desidia estatal no es un concepto abstracto: es la diferencia entre conservar y perder. En Balvanera, donde la historia se mezcla con la vida cotidiana en cada cuadra, estos murales son una oportunidad para recuperar un fragmento del pasado y devolverlo a la comunidad. Que esa oportunidad no se desperdicie depende de que el Estado asuma, de una vez, la responsabilidad que le corresponde. Porque el patrimonio cultural no se preserva con declaraciones: se preserva con acción. Y en este caso, la acción sigue ausente.


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