Sociedad | La Cuarta Revolución Industrial en marcha

El futuro está aquí

Dos años atrás el organizador del Foro Económico Mundial, que se reúne anualmente en la ciudad suiza de Davos, el alemán Klaus Schwab, pergeñó el concepto de Cuarta Revolución industrial para referirse a la convergencia en marcha de un conjunto de nuevas tecnologìas, que está redefiniendo industrias enteras y creando de cero otras nuevas y supone un cambio fundamental del modo en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos. Ese cambio ya está aquí.
Buenos Aires, 5 de setiembre de 2017. En principio, es mejor una aclaración para percibir la amplitud y profundidad de lo que se trata. En inglés industria es casi un sinónimo de actividad. Uno puede dedicarse a la industria de los seguros o del turismo, algo que en nuestras formas cotidianas de pensar nunca asociaríamos con una fábrica. Cierto que las fábricas -nuestras industrias- también están viviendo una vigorosa transformación. La vigorosa presencia de los robots en las líneas de producción y montaje ya son una realidad en muchas de ellas.

Hecha la aclaración, debe entenderse que esta cuarta revolución abarca todas las esferas de la actividad económica, incluso la salud y la educación, además del entretenimiento y el periodismo. Un ejemplo de su irrupción en nuestras vidas cotidianas es Uber. La plataforma de gestión vía internet desde el celular, de autos con chofer para el trasporte de pasajeros, es un desarrollo de una empresa norteamericana.  

En abril de 2016 Uber desembarcó en Argentina y comenzó la polémica. La aplicación de transporte convocaba a través de las redes sociales a los conductores y pedía como requisito únicamente la “licencia de conducir, póliza de seguro del auto y la cédula del vehículo” para “empezar a ganar manejando”. Unas 15 mil personas se inscribieron durante las primeras 24 horas. Hubo marchas de taxistas e intervino la justicia. Pero, más allá de todo, Uber nunca dejó de funcionar. Y hoy, pese a ser ilegal, la app (como se denomina a esos programas que funcionan desde los celulares inteligentes) continúa sumando adeptos en la Ciudad de Buenos Aires. 

No todo es comodidad y mejores precios. Los choferes de Uber no son empleados en relación de dependencia sino “asociados”, que deben poner su capital (el auto) como parte del servicio, para cobrar por viaje facturado. Por lo tanto no hay vacaciones, licencias ni aguinaldos, además de tener que cubrirse su propio seguro médico. 

La empresa norteamericana en tanto recibe una comisión por el uso de la plataforma virtual en cada operación. Y como no está radicada en el país, no paga impuestos acá ni responde a ninguna ley argentina. Todo marcha bien hasta que hay un accidente. El seguro del auto particular no cubre pasajeros que hayan contratado el viaje, Uber no es responsable de nada y el propietario del vehículo puede ser sancionado por estar haciendo un transporte prohibido. 

Por si esto fuese poco, Uber se prepara para la próxima ola de la Cuarta Revolución. La empresa es una de las que más invierte en el desarrollo de autos inteligentes (sin chofer). Cuando lo logren, en cinco o diez años, no tendrán que despedir a ninguno de sus “asociados”. Simplemente, no les renovarán el contrato.

Alguno se preguntará, ¿es posible que se llegue algún día a disponer de un auto que se maneje solo? Se puede responder preguntando. ¿Imaginaba hace diez años que llegaría un momento en el que podría tener una computadora conectada a internet en su mano todo el tiempo? El teléfono inteligente (smart, en inglés) hace tiempo que es una realidad que forma parte de nuestra vida cotidiana.

Por supuesto, Uber es sólo una de las puntitas del iceberg. En pocos años muchos sectores de la economía han sido remodelados por completo. Por caso, las agencias de viaje, que languidecen en silencio al no haber sindicato que las exprese, mientras sigue incrementándose el número de turistas en todo el mundo, porque a cualquiera le es posible gestionar sus pasajes, reservas de hotel o alquileres de transporte mediante plataformas como Booking, Despegar, Trivago o Airbnb, desde su celular o desde su casa.

En algunos casos, estas nuevas herramientas de gestión digital, crean canales de comercialización diferentes, como Mercado Libre. En otras, procuran copar franjas crecientes de mercados muy atomizados, como el inmobiliario, como es el caso de la plataforma también norteamericana ReMax. 

Crearon una marca, la publicitan en la tele (algo inalcanzable para la mayoría de los corredores inmobiliarios), tienen una plataforma con ofertas de propiedades y les ofrecen “franquicias” a quienes quieren asociarse a ellos, como el caso de los choferes de Uber. 

En el camino, muchos de estos cambios promueven la desarticulación de la relación de dependencia como norma del vínculo laboral. Más grave aún, conducen a la desaparición de muchos puestos de trabajo, reemplazados por sistemas operativos, máquinas automatizadas o inteligencia artificial. No es ciencia ficción. Es algo que ya está sucediendo entre nosotros y en todo los países del mundo. 

En la web del Foro Económico Mundial se puede leer una nota publicada el 29 de agosto de 2017, cuyo título es “Los algoritmos también destruyen empleo cualificado: el caso de los traders de bolsa”. Un algoritmo, dice el diccionario, es un “conjunto ordenado de operaciones sistemáticas que permite hacer un cálculo y hallar la solución de un tipo de problemas”. Más fiables que una persona a la hora de estimar cómo evolucionarán las cotizaciones de las acciones en un mercado determinado.

También empiezan a aplicarse en medicina. En pocos años más, le contaremos a un robot qué nos pasa y mientras nos registra la temperatura, el pulso y el nivel de oxigenación en sangre, nos dirá con su voz artificial qué enfermedad estamos cursando y qué podemos hacer para curarla o aliviar los síntomas. El cerebro de ese robot estará lleno de algoritmos desarrollados por matemáticos trabajando junto a médicos.

Esas máquinas son el resultado del trabajo humano. ¿Producirán el fin del trabajo humano? Puede ser. Desempleo estructural o la posibilidad de trabajar menos y tener mayor cantidad de tiempo libre, son alternativas abiertas. La consecuencia depende de cómo gestionemos el cambio. 

Norberto Alonso



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